Cómo salir del Triángulo dramático de Karpman

Triángulo dramático Karpman

Cuando te sucede algo con otra persona y como consecuencia te sueles sentir: culpable, ansioso, temeroso, desesperado, utilizado, controlado, avergonzado… Puede que estés ante lo que se llama: Triángulo dramático de Karpman.

Dentro de las formas que existen de relacionarnos podríamos decir que hay dos grandes tipos: las interacciones que son felices y armoniosas, o las que son conflictivas y tensas. Veamos pues cómo funciona este triángulo dramático.

¿Cómo funciona el triángulo dramático?

Toda interacción disfuncional tiene un lugar en torno al triángulo dramático. Lo que hace que puedas sentirte mal y, generalmente, están involucrados elementos de tu personalidad que repiten viejos patrones familiares y creencias negativas de tu infancia.

Cuando se está inmerso dentro del triángulo dramático, el desarrollo personal queda bloqueado, ya que se adapta una actitud defensiva. Esta dinámica contribuye a reforzar las creencias negativas del pasado, lo que limita tu vida y te mantiene atrapado, ya que el círculo se vuelve vicioso.

Es común pensar que para que se produzca el triángulo dramático hacen falta tres personas, pero lo cierto es que lo que se necesita es una relación como la que se puede dar entre una madre y una hija/o, padre e hija/ o, un jefe y un empleado, o en una pareja sentimental. Aunque también, es algo que puede formarse internamente, entre las diferentes partes de nuestro Yo.

Tomar conciencia de cómo uno representa estos roles y de cómo los demás intentan engancharte al triángulo, es el primer paso para evadirte de un triángulo dramático. Esto se consigue a través de la observación de los propios pensamientos e interacciones, no juzgándote a ti mismo y estando atento a tus pautas de conducta.

Perseguidor, Salvador y Víctima

Dentro del triángulo existen tres roles conocidos como Perseguidor, Salvador y Víctima. En esta interacción no existe una relación madura, sana y adulta, debido a que todos los implicados participan en “juegos” aprendidos en la niñez, aunque lo hagan de una manera inconsciente y a menudo se sientan enganchados y atrapados.

Dentro del triángulo dramático todo el mundo se considera una Víctima, lo que crea una situación de constante estrés y tensión. Pero aunque se consideren víctimas, todos tienen un rol preferido. Una vez que se está “enganchado” en el triángulo, se pasa de un rol a otro con suma facilidad, incluso en cuestión de minutos.

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Si nos fijamos, tanto el Perseguidor como el Salvador aparecen en lo alto del triángulo dramático, debido a que se encuentran en una situación privilegiada (parental). Se creen poseedores de la verdad, fuertes y protectores el uno como el otro; y la Víctima, se encuentra en una situación inferior y más débil (filial).

De esta forma dentro del triángulo no existe una relación equitativa ni tampoco adulta. El hecho de estar inmersos en un estado de drama da rienda suelta a lo peor que hay en nosotros, obstaculiza nuestra intimidad individual y destruye nuestras relaciones.

– El perseguidor

Es conocido también como el “padre sombra”, el “padre crítico”, el “juez” o el “crítico interno”. Esta parte se afirma a sí misma arremetiendo contra el prójimo, ya sea criticando, protestando, juzgando, culpando, apodando, humillando, amenazando, insultando, sermoneando, tachando de enfermo o ejerciendo poder.

Suelen utilizar frases del tipo: “Si no lo haces, verás la que te va a caer”, “¡Eres un desagradecido!” o “¿Por qué no puedes hacer lo que se te pide?”. Son personas que siempre están pendientes de los demás, pero desde una disposición negativa, es decir, señalando su culpabilidad con un dedo acusador, avergonzándoles o desaprobándoles ante los demás, queriendo así que cambien o se comporten según sus deseos.

Se atribuyen el derecho a cambiar a los demás y obligarlos a que adapten su conducta a ellos, incluso, se creen que tienen la potestad de imponer castigo “Me lo debes”, “Con todo lo que he hecho yo por ti”. O también, recurren a terceros para reforzar su postura “Verás cuando llegue a casa tu padre”, “Todos mis amigos opinan igual que yo”.

En el fondo, se sienten intranquilos, inseguros, frágiles e infantiles. Ya que desde niños no han aprendido a exteriorizar estos sentimientos. Es probable que hayan sufrido abusos (de tipo emocional, físico o sexual) en su infancia y que hayan aprendido a sobrevivir y identificándose con esta figura, en lo que se conoce como “identificación con el agresor”.

Temen ser abandonados, por lo que también se manifiestan conductas de celos y posesión. Con el fin de esconder su dolor, ansiedad y vergüenza, intentan controlar o castigar a los demás y hacer que se sientan mal. Suelen ser intimidadores, aunque en raras ocasiones lo reconocen. Más bien se consideran víctimas del mal comportamiento de los demás y creen que tienen derecho a que los demás satisfagan sus necesidades.

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Muchas personas que son Perseguidores declarados en la intimidad del hogar, son públicamente considerados como “pilares de la comunidad”. Tienen una fuerte necesidad de ser considerados seres perfectos y estar por encima de cualquier tipo de reproche. Para ellos el mundo es un lugar lleno de peligros por lo que siempre están a la defensiva. Son víctimas inocentes y exentas de toda culpa, que lo único que hacen es “defenderse”.

Cuando hablas con un Perseguidor tienes la sensación de estar en un campo de batalla, bien porque eres considerado como un enemigo, bien porque te ves comprometido a defenderte o justificarte, o bien porque el enemigo es una tercera persona y se espera que te pongas de parte del Perseguidor, ya que si no lo haces, tú también te convertirás en el enemigo.

Rasgos distintivos del Perseguidor:

  • Actitud condenatoria, crítica, abochornadora y acusadora.
  • Justa indignación.
  • Ver el mundo de forma dicotómica (blanco o negro).
  • Proclive al control.
  • Arrogancia o complejo de superioridad.
  • Atribuirse el derecho de hacer que los demás actúen según sus deseos.
  • Interés por ser visto como un ser perfecto y libre de cualquier tipo de reproche.
  • Rechazo de su propia vergüenza y vulnerabilidad.

– El salvador

También conocido como la “madre sombra”, “el mártir-héroe”, el “complacedor de la gente”, o el “progenitor responsable”. El Salvador denota una preocupación excesiva por los sentimientos y las necesidades de los demás, incluso en detrimento propio.

Cree que si se compadece de los demás y se sacrifica lo suficiente por ellos, será una persona alabada y querida. Dado que raras veces hace públicas sus propias necesidades y sentimientos, lo normal es que termine sintiéndose agobiado e poco apreciado.

Se sienten responsables de la felicidad y del bienestar de sus semejantes; tienen un nivel de tolerancia bajo con respecto a las agitaciones emocionales o conflictos y harán cualquier cosa en pro de la paz. Si para conseguirlo necesario fingir que las cosas marchan bien, estar de acuerdo con lo que otros dicen, incluso convencerse de que ellos desean lo mismo, no tienen inconveniente en hacerlo.

Para un Salvador es casi imposible tomar una decisión que satisfaga sus propias necesidades pero que moleste a los demás. Manifiestan un comportamiento camaleónico, puesto que dicen y hacen lo que en un momento determinado se espera de ellos. Por ello, suelen evitar temas escabrosos, procuran adaptarse a los demás y solo hablan de aquello que estiman aceptable. Están dispuestos a ocultar la verdad y a ahogar cualquier sentimiento o necesidad que pudiera dar lugar a polémica. Este comportamiento hace que sus relaciones sean a menudo distantes y superficiales, ya que no les permite llegar al fondo de los asuntos ni tampoco resolver los conflictos.

Suelen comunicarse de un modo vago, confuso e indirecto; porque temen decir algo inoportuno e improcedente que moleste a sus interlocutores. De esta forma, corren el riesgo de convertirse en “encubridores pasivos” al soportar en silencio pautas de conducta inadecuadas (alcoholismo, ludopatía…).

Tienen la confianza de que los problemas desaparezcan o se resuelvan de alguna manera por sí mismos sin que ellos tengan que intervenir, aunque la situación dure años. Normalmente, sacan de apuros, protegen, justifican o encubren a las personas de su entorno en vez de impulsarles a que se enfrenten de una manera abierta a sus problemas. Incluso pueden declararse culpables de las dificultades que surjan en cualquiera de sus relaciones, algo que permite desentenderse a la otra parte.

Los Salvadores se mueven bajo la influencia del miedo y la ansiedad y creen que los que les rodean son incapaces de enfrentarse con el infortunio o de asimilar la verdad de las cosas, de ahí que quieran protegerlos.

Su gran interés para que se les considere intachables, hace que suelan desear tener “hijos perfectos” a base de proporcionarles una preparación esmerada, que les supone una presión por parte de los padres para que destaquen en todos los aspectos de la vida. Estos niños renuncian a muchas cosas con tal de que sus progenitores estén orgullosos de ellos. Los Salvadores se sienten responsables de las elecciones que hacen sus hijos, interfiriendo y dificultando con ello la creciente autonomía que estos necesitan.

Están orientados a interesarse por asuntos que están fuera del ámbito de su ego y a guiarse por lo que quieren los que están a su alrededor. Piensan obsesivamente en los otros y en sus problemas, y aunque tenga parte de empatía, su vida está supeditada a la agenda de los demás. Ayudar y cuidar al prójimo se convierte en una adicción; sus sentimientos y sus necesidades se han convertido en algo tan secundario, que incluso tienen dificultades para apreciar lo que realmente sienten o quieren.

Son incapaces de expresar enfado, lo cual significa que por regla general, se sientan atraídos por Perseguidores que pueden manifestar su cólera. Suelen ser también muy abandonados en cuanto a cuidarse y a protegerse a sí mismos. Piensan que “no tienen derecho” a darse gustos que podrían perjudicar a los demás.

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Rasgos característicos del Salvador:

  • Volcarse en los demás, aunque sea en detrimento propio.
  • Responsabilizarse de la felicidad y el bienestar de los congéneres.
  • Evitar cualquier tipo de conflicto tratando de calmar o apaciguar a la otra parte.
  • Ser merecedor de cariño ganárselo a base de ser bueno, amable y servicial.
  • Despojar a los demás de autoridad al practicar con ellos un paternalismo protector.
  • Ocultar o evitar las situaciones escabrosas y pretender que todo va bien.
  • Sentirse mediatizado por la culpa, la obligación y la responsabilidad.
  • Ser incapaz de expresar, o incluso estar al tanto de ellos, sus propios sentimientos y necesidades.

– La víctima

Recibe el nombre de “niño/a sombra” o “niño/a herido”. El rol de la Víctima es una postura infantil que hace que te sientas indefenso y vulnerable. Si te ves como Víctima de las circunstancias de los manejos de los demás, así como de tu pasado, de unos genes defectuosos o de unas decisiones malas, como es natural hace que te sientas maniatado e indefenso.

En el modo Víctima coma te consideras débil, frágil o imperfecto y, por consiguiente, necesitas cualquier tipo de ayuda o apoyo. Incluso podrías manipular a otros para que te prestasen cuidadoso protección. Siempre que te sientes dolido, traicionado, utilizado, manipulado, abandonado, incomprendido, controlado, no tengas pena de ti mismo, estás en el papel de Víctima, “Me la han jugado”. 

Se encuentran indefensos, vacíos y maltratados. Soportan la sobrecarga de su propio miedo y de su propia ansiedad, con lo que se sienten intranquilos y aterrorizados la mayor parte del tiempo. Están muy susceptibles, es decir, se muestran heridos u ofendidos por motivos banales, lo cual dará lugar a que la gente les oculte la verdad.

En los casos más graves podrían evidenciar signos de desesperación e incluso inclinaciones suicidas. Asimismo, denotan síntomas de aletargamiento, bloqueo y paralización (reacción normal al estrés) y ser incapaz de tomar decisiones o incluso de pensar con lucidez.

Mantienen una alta dependencia con aquellos que están a su alrededor y que además, suelen tener relaciones perniciosas de codependencia en virtud de las cuales reciben cuidados y protección (anímica, física y financiera). Sin embargo, sienten un secreto resentimiento hacia sus cuidadores, ya que no les gusta sentirse incapaces o necesitadas.

La víctima puede mostrarse pasiva o agresiva. Algunas impiden cualquier intento de ayuda por parte de los demás jugando al “sí, pero…”; o bien, estando en principio de acuerdo con un plan de acción y luego no llevándolo a cabo, de esta forma los que están a su alrededor se sienten impotentes y frustrados. A veces, consumen el tiempo y la energía de sus benefactores, por lo que a veces se les llama “vampiros de energía”.

En muchas ocasiones recurren a la ayuda profesional, un psicólogo o terapeuta.  Esto da lugar a que numerosas Víctimas vayan de un profesional a otro en busca de una solución mágica para sus problemas, a la par que son reacias a hacerse cargo de sus propios asuntos y responsabilizarse de ellas mismas. Es entonces cuando pueden transformarse en Perseguidores y tachar de “incompetentes” a estos profesionales por no haber sabido salvarlos o resolver sus problemas.

Las Víctimas están ancladas en el pasado, siguen sin despojarse de su espíritu infantil y todavía se ven como seres indefensos e incapaces de cuidar de sí mismos. A menudo, los Salvadores refuerzan esta conducta haciendo las cosas por ellas; mientras que los Perseguidores no dudan en denunciar su incompetencia y falta de habilidad. Ambas, intensifican la humillación y el sentimiento de ineptitud de la Víctima y lo que realmente necesita esta es darse cuenta de que posee energías, talentos y recursos internos para ejercer su propio poder y recobrar su autoestima.

Rasgos distintivos de la Víctima:

  • Sentirse indefensas, débiles, frágiles y defectuosas.
  • Verse a sí mismas como productos de las circunstancias sobre las que no tienen control alguno.
  • Sentirse incapaces de tomar decisiones y de cuidar de sí mismas.
  • Buscar ayuda, cuidado y apoyo en otras personas.
  • Decir “sí, pero…”.
  • Vivir en ocasiones en un mundo fantástico.
  • Sentirse aterrorizadas, aletargadas, bloqueadas o paralizadas.
  • Poseer un profundo sentido de la vergüenza y de la inadecuación o de lo inoportuno.

El funcionamiento de la familia

Todos crecemos en un ambiente familiar particular, en el que existen unas reglas que se conocen de una forma más o menos explícita, pero que todos conocemos. Estas reglas son necesarias para poder relacionarnos. Algunas de las más comunes son “Finge que está todo bien”, “No molestes”, “No te fíes de los demás” o “Da preferencia a los demás”.

En este tipo de familias donde existe un ambiente tenso, sus miembros entran y salen de ciclos de ansiedad, culpabilidad y resentimiento; aunque la mayoría de las ocasiones ninguno de ellos es consciente de la oscilación de estos estados.

Incluso, en el intento por evitar cualquier cambio y mantener la estabilidad, se niega la existencia de problemas, donde todo el mundo finge que reine la armonía y los niños aprenden pronto que deben aparentar que son felices y que no deben exteriorizar sus sentimientos. Lo cual provoca que cuando el niño descarga su tensión, actúe de una manera extremadamente temperamental.

  Qué es la autoestima y cómo aumentarla

Tratando de evitar conflictos, guardan las distancias y mantienen relaciones superficiales; aunque, a veces, sintiendo inseguridad, obligación o culpa, se acercan unos a otros. Esta forma de comportamiento ambivalente la podemos encontrar en frases como: “Haz los deberes, porque si no los haces, te vas a enterar”, “No te preocupes, lo haré yo (suspiro)”, “Por supuesto, todo está bien”, “¿Es que ni siquiera puedes hacerme este pequeño favor?”.

En lo que respecta a la comunicación, ésta suele ser sesgada y distorsionada. Las emociones y las conductas se dan por sobreentendidas y no se habla de ellas directamente. Se evita la comunicación sincera y parte de lo que no se debate se debe al miedo, a la vergüenza o a los intereses inconfesables.

Son familias que están acostumbradas a un estado de farsa, donde raras veces se abordan y solucionan los problemas. Se encuentran soluciones falsas, siempre donde una parte gana y la otra pierde. Sin embargo, aunque se solucione el conflicto, nunca se llega a la cuestión fundamental, por lo que seguramente sea una cuestión que se reavivará en un futuro.

Una característica importante es que en una familia en la que alguno de los miembros infringe las reglas, se le hace sentir culpable. La culpabilidad y la lealtad son conceptos a los que generalmente se apela para controlar a la gente desde un sistema disfuncional, para así obligar a que se acate sus normas.

De modo que, la culpabilidad puede ser una señal de alarma que te está diciendo que puedes estar en un sistema disfuncional y que la parte más sana de ti lucha por salir de él. Cuando te sientas culpable, pregúntate cuál es la creencia subyacente, pues a menudo la gente se ve vinculada por ésta a relaciones perjudiciales.

Cuantas más decisiones tomes que afirmen tu independencia como individuo, más crecerá tu autoestima, ya que dejarás que la culpabilidad deje de controlarte. Para poder crecer como individuos debemos quebrantar las reglas de la familia que nos han aprisionado  y limitado.

Cómo afecta el triángulo dramático a mi autoestima

Cuando carecemos de una buena autoestima, puede ser normal que busquemos control, aprobación y seguridad para poder sentirnos seguros y queridos. Pero son cuestiones que buscamos “fuera” de nuestro Yo, donde realmente nunca podremos encontrarlas.

Las necesidades del ego se corresponden con los tres roles del triángulo dramático de Karpman:

  • Los perseguidores buscan control.
  • Los salvadores buscan aprobación.
  • Las víctimas buscan seguridad.

Puesto que estas necesidades no pueden ser satisfechas fuera del Yo, el triángulo dramático crea una tensión que hace que cuando cada uno de los roles se sienta amenazado, recurre a un comportamiento emocional propio de la familia:

  • Los perseguidores recurren a la cólera y a la crítica.
  • Los salvadores recurren a la culpabilidad y el sacrificio.
  • Las víctimas recurren al temor y a la vergüenza.

Sabemos que nuestras emociones están originadas por nuestras creencias y pensamientos; si tienes emociones negativas, significa que estás aferrado a creencias y pensamientos negativos. Esta parte de pensamiento tiende a reproducir lo que hemos aprendido en nuestra infancia “Soy un inútil”, “Estoy solo y no tengo a nadie que me apoye”, “Nadie me quiere”, “Todos son iguales” o “Siempre me abandonan”.

Identificar cuál es la emoción que sientes cuando estás estresado puede ayudarte a reconocer tu error predilecto de los que componen el triángulo dramático. Será ese rol que aprendiste en tu primera infancia, probablemente imitando a tu padre o a tu madre.

¿Cómo salir del triángulo dramático?

Como en cualquier otro proceso, el primero paso es ser consciente de cuál es nuestra conducta. Una vez que estamos en la posición del conocimiento, podemos observar cuál es el papel que desempeñamos dentro del triángulo, es decir, de que forma interaccionamos con los demás.

El segundo paso es donde tenemos que responsabilizarnos de nosotros mismos. En el triángulo dramático nadie asume la responsabilidad de sus acciones. Mucho menos, se conecta con la responsabilidad individual de nuestra propia felicidad y bienestar. Una sencilla forma de hacerlo es asumiendo que nuestras emociones son nuestras y de nadie más; que los demás no son los que “provocan” nuestras emociones, sino que éstas son resultado de nuestra interpretación de la realidad y nuestras creencias más profundas.

El tercer paso a tener en cuenta, es que solo se requiere una persona para evadirse del triángulo dramático. Para llevar a cabo estos juegos de poder, se necesitan a dos personas. De modo que, no tendrías que esperar a que el otro cambiase para qué en la interacción pueda cambiar.

Por último, hay que tener en cuenta que las relaciones no cambian de la noche a la mañana. Se requiere de tiempo y esfuerzo consciente para poder modificar y mejorar antiguos patrones de comportamiento. Es por ello que desde la terapia psicológica se pueden abordar este tipo de dinámicas familiares para poder lograr una mayor estabilidad emocional-psicológica en el individuo.

Diana Synelnyk

Psicóloga General Sanitaria

Bibliografía: El triángulo dramático de Karpman, Gill Edwards.

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