Superar la muerte de un hijo: buscando sentido a la pérdida

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Buscando sentido a la pérdida

Superar la muerte de un hijo implica una acción de construcción y reconstrucción, ya que la pérdida produce un estado de privación que cambia todas las circunstancias y contexto anteriores. Esto genera una respuesta en todas las áreas vitales para tratar de conectar con los  patrones cotidianos de vida, redefinir la propia narrativa y la red de influencias familiares y sociales.

La capacidad de encontrar sentido en las experiencias de pérdida se relaciona con una adaptación positiva, mientras que una lucha persistente y fracasada en esa búsqueda del sentido, se asocia con duelos más complejos, intensos y crónicos. Las muertes en un tiempo inadecuado o prematuro pesan bastante en la forma de buscarle una coherencia a lo acontecido, como si de una violación del principio del mundo justo se tratase.

Existe la necesidad de aprender a relacionarse con el hijo fallecido, mientras exploramos los significados de la historia, desde su ausencia. El duelo está en relación directa con el tipo de relación mantenida y la susceptibilidad ocasionada por la pérdida en el vínculo con los demás.

Reajustar la conexión con el fallecido por medio de la memoria como una narrativa de continuidad de la vida como legado y no como obstáculo. Reconocer con gratitud el regalo de la existencia compartida y de haberla tenido como un bien a proteger que sigue con nosotros y que determina en cierta medida, nuestras acciones.

La muerte de un hijo

La “pena crónica” que conllevan las pérdidas de tener un hijo con discapacidades, implican no sólo la renuncia de los sueños del pasado, sino una constante revisión de los planes presentes, además de una anticipación de un futuro que está “privado” de “impresiones” que estructura normalmente el ciclo de vida familiar.

En la investigación llevada a cabo por Milo, las madres cuyos hijos discapacitados habían muerto, conseguían encontrar un significado y un beneficio en la vida y muerte de su hijo. Fueron capaces de continuar viendo el mundo de una forma positiva y con sentido. A pesar de la gran cantidad de responsabilidades en el cuidado y la triste doble pérdida -del hijo “deseado” y del hijo real- estas madres atribuían a esta experiencia el mérito de haberles hecho más conscientes de lo esencial de la vida y del poder del amor.

Por otro lado, las madres que han experimentado el aborto, sufren esa pérdida como una cuestión interior que les ocasiona temor a futuros embarazos o complicaciones. También la infertilidad y posponer el nacimiento de un hijo aumentan con el paso del tiempo estos temores, así como los intentos fallidos provocando un elemento de autoreproche y tirantez en el seno de la pareja, puesto que lo que se pierde es el ideal de familia.

En este punto, no debemos olvidarnos que los hermanos del niño fallecido y los demás miembros de la familia, suelen quedar desatendidos ante estas circunstancias, pudiendo dar originen duelos más prolongados, por lo que debemos prestarles especial atención.

Reconstrucción del significado

La construcción del significado es necesaria para enfrentarse a la pérdida, visualiza a los seres humanos como buscadores o constructores de sentido. Esta visión “constructivista” implica que las historias de vida que construyen las personas son tan variadas como sus biografías personales y tan complejas como su interrelación con las creencias culturales, las cuales van a determinar la forma de construir un significado.

Un posible crecimiento individual y familiar

Si las condiciones son favorables, el duelo puede realizarse normalmente sin que la persona y la familia necesiten ayuda especializada, psicológica o psiquiátrica. No obstante, sabemos que en numerosas ocasiones la muerte de una persona querida provoca una importante crisis vital individual y también familiar. Adaptarse a la pérdida supone una reorganización, a corto y a largo plazo, en la que las etapas de duelo familiar e individual se influyen recíprocamente.

La crisis de significado en el duelo paterno indican que la búsqueda del mismo es primordial para que el proceso de reajuste después de la muerte de un hijo se pueda dar. Los padres que son capaces de encontrar estos significados, que aceptan la mortalidad humana o profundizan en su espiritualidad, se enfrentan mejor con la pérdida.

Cómo esté viviendo su proceso cada miembro de la familia de manera individual va a favorecer o entorpecer esta reorganización. También los aspectos relacionados con la estructura del sistema familia, los roles que ha desempeñado el fallecido dentro de la familia, la calidad de la comunicación y del apoyo entre las personas que la componen, y el tipo de muerte en el momento del ciclo de vida familiar, van a favorecer o entorpecer el desarrollo del duelo individual.

Etapas en la pérdida:

  • Ya no está y ya no va a volver.

«Asumo que su muerte es una realidad. Asumimos juntos, en familia, que su muerte es una realidad».

El trabajo de la familia en esta etapa supone llegar a una afirmación de la realidad de la pérdida, que la persona ha muerto y, es fundamental, que cuando se comuniquen entre ellos sea reconocida esta realidad de una manera clara y precisa.

  • Dele su ausencia.

«Necesito expresar mi dolor, lo que estoy sintiendo. En familia necesitamos compartir el dolor, lo que estamos sintiendo, en familia necesitamos proporcionarnos consuelo».

Es imposible perder a alguien a quien se ha estado profundamente vinculado sin experimentar cierto nivel de dolor. Los miembros de la familia han de expresar, compartir y admitir una gama amplia de sentimientos que afloran, sean los que sean, y contenerlos en el ámbito familiar.

Esto implica que otra persona de mi misma familia puede tener diferentes sentimientos, o experimentar éstos con diferente intensidad. Aceptar a otro que esté en otra fase requiere una gran flexibilidad y tolerancia, implica comprender y aceptar mutuamente la expresión de sentimientos complejos presentes en las relaciones familiares como ira, decepción, desamparo, alivio y culpa. El lograr admitir, permitir y compartir la expresión de emociones favorece el crecimiento.

La dinámica interna de cada familia es muy diferente y podemos encontrar estos estilos familiares:

  • La familia tabú. Nunca se abordan temas como dolor, pérdidas o enfermedades. Esta dinámica se desarrolla desde un estilo de protección extrema ante el sufrimiento o la amenaza, supone un cierre de puertas en la elaboración.
  • La familia culpa. En la que los vínculos afectivos vienen determinados por la culpa y se disparan en la experiencia de duelo.
  • La familia helada. Fría, distante. No hay momentos para consolar ni para respuestas afectivas tranquilizadoras. Cada uno vive su experiencia en soledad, el dolor se guarda.
  • La familia “todo debe seguir como antes”. No se permiten las manifestaciones del dolor porque “aquí no ha pasado nada coma la vida ha de seguir cuanto antes”.
  • La familia bomba. La pérdida desencadena el caos latente de discordia entre sus miembros.
  • La familia sana. Una familia en la que se permite  la expresión emocional adecuada como en la que se mantiene un grado de flexibilidad en los roles, y en la que se admiten los conflictos como realidades presentes en toda relación posibilitándose un manejo ajustado de los mismos.
  • Todo cambia.

«Me ajusto a una realidad en la que él/ella no va a estar, una realidad que ha cambiado. La familia ha de organizarse y seguir manteniéndose como familia, una familia en la que hay cosas importantes que han cambiado».

Adaptarse a un nuevo medio significa cosas diferentes para personas diferentes dependiendo de cómo fuera la relación con el fallecido y de los distintos roles que desempeñaba. La persona y la familia superviviente debe enfrentarse, a cambios en la actividades cotidianas, en horarios, tal vez en el nivel económico pero, sobre todo, al cambio en los roles. Un aspecto fundamental del que dependerá en gran parte de la reorganización del sistema familiar es el “momento del ciclo vital” en el que se encuentre la familia. La respuesta familiar a la pérdida no puede ser la misma cuando se trata de…

  • Muerte de hijo de corta edad
  • Muerte del progenitor en familia con hijos de corta edad
  • Muerte de hijo adolescente
  • Muerte del progenitor en familia con hijos adolescentes
  • Muerte del futuro cónyuge
  • Muerte del progenitor cuando hay hijos en edad de emanciparse
  • Muerte de joven adulto
  • Muerte de cónyuge en pareja joven
  • Muerte en familia en últimas etapas de la vida (pareja anciana)
  • Muerte de progenitor anciano
  • Olvidar recordando.

«Necesitamos recolocarle internamente, invertir nuestras energías en otras relaciones, metas e intereses en la vida. Necesitamos continuar viviendo. Yo sigo creciendo. La familia sigue creciendo».

Nunca se pierden los recuerdos de una relación significativa. Con la muerte de una persona no se pierde definitivamente el objeto amado. Se puede recuperar de otra forma, si la necesidad de su presencia o posesión física, mediante la incorporación psicológica de los aspectos buenos de la persona perdida, a través del recuerdo y del afecto.

Supone encontrar un sitio para esa persona dentro de mi nueva realidad y de mi nueva identidad, dentro de la nueva realidad familiar y de la nueva identidad que está desarrollando también la familia. No supone olvidar al ser querido sino encontrarle un sitio en la vida emocional de los que siguen viviendo que no entorpezca su funcionamiento ajustado.

Es el momento de abrir un hueco a los rituales que se mantendrán en el tiempo para incluir su ausencia, para mantener su nueva presencia (cumpleaños, navidades, aniversarios…), es el momento de invertir la energía emotiva en otras personas y relaciones.

Tareas familiares adaptativas:

  • Compartir el conocimiento de la muerte. Dar información clara y comunicación abierta sobre los hechos y las circunstancias de la muerte. Una incapacidad para aceptar este hecho puede llevar a los miembros a evitar el contacto con el resto de la familia o enfadarse con los diferentes tiempos de duelo en los diferentes miembros.
  • Compartir la experiencia de la pérdida. Los ritos funerarios y las visitas al cementerio tienen una importancia vital para proveer una confrontación directa con la realidad de la muerte, con la posibilidad de compartir la pena y de establecer y fortalecer lazos entre la familia y la comunidad.
  • Reorganización del sistema familiar. La rotura del equilibrio de relaciones a consecuencia de la muerte, hace necesario un reajuste de los roles para conseguir un nuevo equilibrio que le permita a la familia continuar cubriendo las necesidades de sus miembros.
  • Reinvertir en otras relaciones y propósitos de vida. El paso a una vida reconstruida por parte de una nueva organización familiar que desde distintas posturas el duelo tendrá unas características distintas para cada participante. Las fechas tales como las vacaciones o aniversarios evocarán a la persona fallecida. El intento por parte de conocidos por sustituir antes de tiempo el rol de la figura ausente puede por ello ser rechazada.

Las transformaciones psicológicas ocasionadas por la pérdida y sus implicaciones, dan sentido de identidad a la persona en duelo. Aunque en ocasiones pueden ocasionar retrocesos en las relaciones: inhibiendo nuevas relaciones por miedo a perderlos, o a volver a tener hijos, o por temor a perderlos de nuevo, etc.

No obstante, es más frecuente que las personas una vez han aceptado la pérdida, den más énfasis a las relaciones humanas, reordenen las prioridades de su vida y experimenten mayor madurez personal, fuerza y empatía por el sufrimiento de los otros.

 

Cada persona y cada familia van elaborando su duelo con sus recursos, con sus circunstancias y a su manera.

 

Diana Synelnyk

Psicóloga General Sanitaria

 

 

Bibliografía: Acompañamiento en el duelo y medicina paliativa. W. Astudillo, M. Pérez, A. Ispizua y A. Orbegozo.

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